domingo 30 de mayo de 2010

La casa del parque










Imágenes furtivas de la Mansión de los Olivera, enclavada dentro del predio del Parque Nicolás Avellaneda, en Buenos Aires (actualmente uno de los parques más grandes de la ciudad) La que fuera la casa y la finca de esa ilustre familia, fue donada al Estado Nacional, quien luego destinó el predio como parque recreativo, hasta la actualidad.

Lo cierto es que estuvo allí desde siempre. Desde que tengo uso de razón y visitaba ese parque cercano a la casa donde nací. La casa y su misterio.. fácil evocarla en mis primeros años, cuando pequeño visitaba el parque con mis padres y preguntaba quien vivia allí.
"Nadie.. la casa está abandonada", así, escuetamente. Dejando en todo caso, todo librado a mi por entonces fértil imaginación. Para mi, para mis hermanos; para todos los que vivimos esos años en ese barrio, siempre fue tan solo "La casa". Desprovista de un pasado; de un dueño o de tan solo un morador. Se sucedieron allí, en ese porche de entrada numerosas corridas, juegos infantiles, charlas intrascendentes...historias de fantasmas (las primeras que recuerdo, siempre fueron allí). Todos los vecinos tenían una historia que contar sobre esa casa, aunque no muchas fueran verídicas. En todo caso, solo añadían una cuota más al misterio que ya de por sí rodeaba a esa imponente casa.
La casa del parque...
Y eso permaneció conmigo durante mucho tiempo.
Siempre estuvo allí.. Una y mil veces pasé frente a ella, y me quedé absorto mirando sus ventanales.. sus amplios balcones y sus imponentes torres, quizás sintiéndome parte de ese paisaje, hasta tomándome el atrevimiento de pensar que historias habrían tenido lugar detrás de esos muros. Armando historias con variados personajes, y finales inciertos (la mayoría trágicos, pues eso me evocó siempre la imagen de La casa).
Pero no, la casa no me pertenece, finalmente. Y la noche en que tomé estas furtivas fotografías (la semana pasada) me sentí (por primera vez en tantos años) un simple extraño frente a ella. Ya no soy de ese barrio (hoy por hoy el barrio donde aún viven mis padres). La casa fue puesta a disposición del Gobierno de la Ciudad, y reacondicionada en su totalidad. Ahora el perpetuo silencio que la invadía en su interior fue reemplazado por un muestrario de arte y música popular que funciona durante el día.
Ya no están los muros descascarados, ni los ventanales oscuros de tanto olvido. Ya no deben crujir las maderas astilladas de la escalera de entrada y tal vez ya ni haya rastro de las enredaderas de antaño, las cuales voraces pugnaban por llegar hasta el techo. La modernidad barrió de un plumazo años de abandono, sí. Pero también una porción de mi historia.
Aun se yergue en el mismo lugar, impertérrita. A la espera de nuevas almas que caigan subyugadas a su innegable misterio. Pero yo ya no estoy allí.
Ya son otros los que asisten absorbos al espectáculo de su magnificencia y el insondable enigma que se yergue tras los muros.
Y así y todo, la Casa quizás siga teniendo ese misterio, pero ya solo puedo observarla en silencio, con nostalgia y una cuota de mudo reproche.



Hoy por hoy la mansión tiene durante el dia un historiador a disposición de los visitantes, que cuenta las historias que se han dado cita en esos salones. Quizás tales historias disten con las que yo imaginé frente a los muros, quizás no. Lo cierto es que tal vez ni quiera enterarme de la "historia oficial". No quiero dar muerte a los fantasmas que yo imaginé y que me aguardan tras los vitraux del ático. No quiero imaginar otros moradores, no quiero hacerme la idea de otros instantes allí vividos. Prefiero quedarme con las historias del barrio, con los temores que despertaba y con sus recuerdos.
Es extraño saberlo, pero sé que por más que la visite asiduamente, su belleza y misterio ya no me pertenecerán.